4.07.2013

IMITANDO MAESTROS

 Para llevar a cabo la actividad, esta vez vamos que tener que leer un poco previamente. A continuación, os incluyo algunos textos de maestros de la literatura: un párrafo del Quijote, una prosa poética de Alejandra Pizarnik, otra de María Zambrano, el final de “Aura”, de Carlos Fuentes, unas desternillantes instrucciones de las “Historias de cronopios y de famas”, de Julio Cortázar, un capítulo de las “Industrias y andanzas de Alfanhuí”, de R. Sánchez Ferlosio y un cuento de Doña Emilia Pardo Bazán.

Comenzaremos por leer dichos textos. Helos aquí:

1
—Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno. Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje, ya me son odiosas todas las historias profanas del andante caballería, ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído, ya, por misericordia de Dios, escarmentando en cabeza propia, las abomino.
Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron, sin duda, que alguna nueva locura le había tomado. Y Sansón le dijo:
—¿Ahora, señor don Quijote, que tenemos nueva que está desencantada la señora Dulcinea, sale vuestra merced con eso? Y ¿agora que estamos tan a pique de ser pastores, para pasar cantando la vida, como unos príncipes, quiere vuesa merced hacerse ermitaño? Calle, por su vida, vuelva en sí, y déjese de cuentos.
—Los de hasta aquí —replicó don Quijote—, que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa; déjense burlas aparte, y traíganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma; y así, suplico que, en tanto que el señor cura me confiesa, vayan por el escribano.
Miráronse unos a otros, admirados de las razones de don Quijote, y, aunque en duda, le quisieron creer; y una de las señales por donde conjeturaron se moría fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo, porque a las ya dichas razones añadió otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y con tanto concierto, que del todo les vino a quitar la duda, y a creer que estaba cuerdo.
Hizo salir la gente el cura, y quedóse solo con él, y confesóle.
El bachiller fue por el escribano, y de allí a poco volvió con él y con Sancho Panza; el cual Sancho, que ya sabía por nuevas del bachiller en qué estado estaba su señor, hallando a la ama y a la sobrina llorosas, comenzó a hacer pucheros y a derramar lágrimas. Acabóse la confesión, y salió el cura, diciendo:
—Verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento.
Estas nuevas dieron un terrible empujón a los ojos preñados de ama, sobrina y de Sancho Panza, su buen escudero, de tal manera, que los hizo reventar las lágrimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho; porque, verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno, a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían.
Entró el escribano con los demás, y, después de haber hecho la cabeza del testamento y ordenado su alma don Quijote, con todas aquellas circunstancias cristianas que se requieren, llegando a las mandas, dijo:
—Ítem, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en mi locura hice mi escudero, tiene, que, porque ha habido entre él y mí ciertas cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo dellos, ni se le pida cuenta alguna, sino que si sobrare alguno, después de haberse pagado de lo que le debo, el restante sea suyo, que será bien poco, y buen provecho le haga; y, si como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece.
Y, volviéndose a Sancho, le dijo:
—Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.
—¡Ay! —respondió Sancho, llorando—: no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más, que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy ser vencedor mañana.
—Así es —dijo Sansón—, y el buen Sancho Panza está muy en la verdad destos casos.
—Señores —dijo don Quijote—, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño: yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano.

Miguel de Cervantes (Don Quijote de la Mancha)

2
LA PALABRA DEL DESEO

Esta espectral textura de la oscuridad, esta melodía en los huesos, este soplo de silencios diversos, este ir abajo por abajo, esta galería oscura, este hundirse sin hundirse.
¿Qué estoy diciendo? Está oscuro y quiero entrar. No sé qué más decir. (Yo no quiero decir, yo quiero entrar). El dolor de los huesos, el lenguaje roto a palabras, poco a poco reconstituir el diafragma de la irrealidad.
Posesiones no tengo (esto es seguro; al final algo seguro). Luego una melodía. Es una melodía plañidera, una luz lila, una inminencia sin destinatario. Veo la melodía. Presencia de una luz anaranjada. Sin tu mirada no voy a saber vivir, también esto es seguro. Te suscito, te resucito. Y me dijo que saliera al viento y fuera de casa en casa preguntando si estaba.
Paso desnuda con un cirio en la mano, castillo frío, jardín de las delicias. La soledad no es estar parada en el muelle, a la madrugada, mirando el agua con avidez. La soledad es no poder decirla por no poder circuncidarla por no poder darle un rostro por no poder hacerla sinónimo de un paisaje. La soledad sería esta melodía rota de mis frases.
Alejandra Pizarnik (El infierno musical)

3
EL CLARO del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira y el aparecer de algunas huellas de animales no ayuda a dar ese paso. Es otro reino que un alma habita y guarda. Algún pájaro avisa y llama a ir hasta donde vaya marcando su voz. Y se la obedece; luego no se encuentra nada, nada que no sea un lugar intacto que parece haberse abierto en ese solo instante y que nunca más se dará así. No hay que buscarlo. No hay que buscar. Es la lección inmediata de los claros del bosque: no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido. Y la analogía del claro con el templo puede desviar la atención.
Un templo, mas hecho por sí mismo, por "Él", por "Ella" o por "Ello", aunque el hombre con su labor y con su simple paso lo haya ido abriendo o ensanchando. La humana acción no cuenta, y cuando cuenta da entonces algo de plaza, no de templo. Un centro en toda su plenitud, por esto mismo, porque el humano esfuerzo queda borrado, tal como desde siempre se ha pretendido que suceda en el templo edificado por los hombres a su divinidad, que parezca hecho por ella misma, y las imágenes de los dioses y seres sobrehumanos que sean la impronta de esos seres, en los elementos que se conjugan, que juegan según ese ser divino.
Y queda la nada y el vacío que el claro del bosque da como respuesta a lo que se busca. Mas si nada se busca, la ofrenda será imprevisible, ilimitada.
María Zambrano (Claros del bosque)

4
—Aura. . .
Entrarás a la recámara. Las luces de las veladoras se habrán extinguido. Recordarás que la vieja ha estado ausente todo el día y que la cera se habrá consumido, sin la atención de esa mujer devota. Avanzarás en la oscuridad, hacia la cama. Repetirás:
—Aura. . .
Y escucharás el leve crujido de la tafeta sobre los edredones, la segunda respiración que acompaña la tuya: alargarás la mano para tocar la bata verde de Aura; escucharás la voz de Aura:
—No... no me toques. . . Acuéstate a mi lado. . .
Tocarás el filo de la cama, levantarás las piernas y permanecerás inmóvil, recostado. No podrás evitar un temblor:
—Ella puede regresar en cualquier momento. . .
—Ella ya no regresará.
—¿Nunca?
—Estoy agotada. Ella ya se agotó. Nunca he podido mantenerla a mi lado mas de tres días.
—Aura. . '.
Querrás acercar tu mano a los senos de Aura. Ella te dará la espalda: lo sabrás por la nueva distancia de su voz.
—No... No me toques. . .
—Aura. . . te amo
—Sí, me amas. Me amarás siempre, dijiste ayer. ..
—Te amaré siempre. No puedo vivir sin tus besos, sin tu cuerpo.
—Bésame el rostro; sólo el rostro.
Acercarás tus labios a la cabeza reclinada junto a la tuya, acariciarás otra vez el pelo largo de Aura: tomarás violentamente a la mujer endeble por los hombros, sin escuchar su queja aguda; le arrancarás la bata de tafeta, la abrazarás, la sentirás desnuda, pequeña y perdida en tu abrazo, sin fuerzas, no harás caso de su resistencia gemida, de su llanto impotente, besarás la piel del rostro sin pensar, sin distinguir: tocarás esos senos fláccidos cuando la luz penetre suavemente y te sorprenda, te obligue a apartar la cara, buscar la rendija del muro por donde comienza a entrar la luz de luna, ese resquicio abierto por los ratones, ese ojo de la pared que deja filtrar la luz plateada que cae sobre el pelo blanco de Aura, sobre el rostro desgajado, compuesto de capas de cebolla, pálido, seco y arrugado como una ciruela cocida: apartarás tus labios de los labios sin carne que has estado besando, de las encías sin dientes que se abren ante ti: verás bajo la luz de la luna el cuerpo desnudo de la vieja, de la señora Consuelo, flojo, rasgado, pequeño y antiguo, temblando ligeramente porque tú lo tocas, tú lo amas, tú has regresado también...
Hundirás tu cabeza, tus ojos abiertos, en el pelo plateado de Consuelo, la mujer que volverá a abrazarte cuando la luna pase, sea tapada por las nubes, los oculte a ambos, se lleve en el aire, por algún tiempo, la memoria de la juventud, la memoria encarnada.
—Volverá, Felipe, la traeremos juntos. Deja que recupere fuerzas y la haré regresar.
Carlos Fuentes (Aura)

5
INSTRUCCIONES PARA SUBIR UNA ESCALERA

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y más adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquier otra combinación produciría formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
 Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se la hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

Julio Cortázar (Historias de cronopios y de famas)

6
De cómo Alfanhuí llegó a encender el fuego y la larga historia que el maestro le contó

Después de muerta la criada no se volvió a encender el fuego. El maestro se había quedado triste, y Alfanhuí no se atrevía a decir nada. Pero un día lo vio como con frío y le preguntó:
-¿Quieres que te encienda fuego, maestro?
El maestro se quedó un momento sorprendido y luego dijo que sí. Alfanhuí conocía bien la leña. Sabía los maderos que daban llamas tristes y los que daban llamas alegres; los que hacían hogueras fuertes y oscuras, los que claras y bailarinas, los que dejaban rescoldo femenino para calentar el sueño de los gatos, los que dejaban rescoldos viriles para el reposo de los perros de caza.
 Alfanhuí había aprendido a conocer la leña en casa de su madre, donde también se encendía fuego, y supo que el fuego de su maestro era como el fuego de los tíos maternos, de los viajeros que llegaban vestidos de gris. Así llegó Alfanhuí con un brazado de leña escogida y se puso a encender el fuego. El maestro lo contemplaba desde su silla. Lo veía agachado junto a la chimenea, atento a su trabajo, miró sus ojos de frío alcaraván; vio, por fin, encenderse, viva y alegre, la primera llama de Alfanhuí y se le pusieron brillantes las pupilas y una sonrisa a flor de labios. Luego dijo:
-Nunca pensé, Alfanhuí, que llegarías a hacerme compañía. Para tu primer fuego, Alfanhuí, te contaré mi primera historia.
Y le gustaba mucho repetir el nombre de Alfanhuí porque él se lo había puesto. Luego empezó la historia.
-Cuando yo era niño, Alfanhuí, mi padre fabricaba lámparas de aceite. Trabajaba todo el día, y hacía candiles de hierro para las cabañas y lámparas de latón dorado para los palacios. Hacía mil y mil clases de lámparas distintas. Tenía también los mejores libros que se habían escrito sobre lámparas. En uno de ellos se hablaba de la “piedra de vetas”. Era ésta una piedra que decían durísima, pero porosa como una esponja, y que tenía el tamaño de un huevo y la forma de una almendra. Tenía esta piedra la virtud de beber siete tinajas de aceite. La dejaban en una tinaja y a la mañana siguiente todo el aceite había desaparecido y la piedra tenía el mismo tamaño. Cuando se había bebido siete tinajas, ya no quería más. Entonces bastaba ponerle una torcida y encender; para que diese una llama blanca como la leche, que duraba eternamente. Cuando se quería también podía apagarse. Pero si se quería de nuevo el aceite, sólo una lechuza sabía sacárselo, hasta dejar la piedra enjuta como antes. Mi padre hablaba siempre de esta piedra, y nada hubiera deseado en el mundo tanto como tenerla. Mi padre solía mandarme por los caminos para que aprendiera los colores de las cosas, y yo tardaba muchos días en volver.
            Un día salí para uno de mis viajes. Llevaba un palo al hombro, y en la punta del palo, un pañuelo con merienda. Iba por un camino calizo entre colinas de polvo, sin hierba, con apenas algunos árboles secos donde se posaban las urracas. También  había por el campo muchos hoyos y harapos y pucheros de barro quebrados, y ruedas y destrozos de carro y otro sinfín de despojos, porque todo lo que se rompía iban a tirarlo a aquella tierra. Apenas nadie iba por el camino porque era un día de mucho sol, y el sol era muy malo allí, aunque todavía no había entrado el verano.
A lo lejos vi una figura sentada en una piedra, orilla del camino. Al llegar, vi que era un mendigo y me decía: “Dame de tu merienda”.
Me hizo un sitio en la piedra y nos pusimos a comer. Entonces vi cómo era. Llevaba unos pantalones oscuros, hasta media pantorrilla, y un chaleco pardo, del que asomaban los hombros y los brazos desnudos. Pero su carne era como la tierra del campo. Tenía su forma y su color. En lugar de pelo, le nacía una espesa mata de musgo, y tenía en la coronilla un nido de alondra con dos pollos. La madre revoloteaba en torno de su cabeza. En la cara le nacía una barba de hierba diminuta cuajada de margaritas, pequeñas como cabezas de alfiler. El dorso de sus manos también estaba florido. Sus pies eran praderas y le nacían madreselvas enanas, que trepaban por sus piernas, como por fuertes árboles. Colgada del hombro llevaba una extraña flauta.
Era un mendigo robusto y alegre, y me contó que le germinaban las carnes de tanto andar por los caminos, de tanto caerle el sol y la lluvia y de no tener nunca casa. Me dijo que en el invierno le nacían muchos musgos por todo el cuerpo y otras plantas de mucho abrigo, como en la cabeza, pero que cuando venía la primavera se le secaban aquel musgo y aquellas plantas y se le caían, para que le nacieran la hierba y las margaritas. Luego me explicó cómo era la flauta. Dijo que era al revés de las demás y que había que tocarla en medio de un gran estruendo, porque en lugar de ser, como en las otras, el silencio, fondo y el sonido, tonada, en ésta el ruido hacía de fondo y el silencio daba la melodía. La tocaba en medio de las grandes tormentas y aguaceros, y salían de ella notas de silencio, finas y ligeras, como hilos de niebla. Y nunca tenía miedo de nada.
Me pasé la tarde hablando con él, y se nos vino la noche encima. El mendigo me invitó a dormir en su tueca de árbol. Anduvimos un rato y llegamos a ella. Era un árbol grande, y había dentro muchas cosas que no se veían bien. El hueco del tronco era altísimo, subía en forma de cono y la madera hacía crestas, vueltas de arista hacia adentro, como las láminas de las setas. Arriba, se veía azulear la noche con estrellas.
            El mendigo encendió un candil, y yo vi una llamita blanca, luminosa. Era la piedra de vetas. Entonces le conté cómo mi padre había codiciado siempre aquella piedra, y el mendigo, que era generoso, me la dio. Apenas pude dormir aquella noche, y a la mañana siguiente tomé el camino de vuelta. Llegué a mi casa gritando: “¡Padre, padre!”.
            Pero, al entrar en el cuarto de mi padre, vi que había muerto. Todos estaban alrededor de él, quietos y callados. Ni siquiera miraron cuando yo entré. Mi padre estaba tendido sobre una mesa, envuelto en una venda blanca y se le veía tan solo la cara. Tenía la boca abierta como un viejo pez y la luz de cuatro lámparas de aceite brillaba en la rendija vidriosa de sus ojos entreabiertos. No miré más, y me fui a llorar con la cara envuelta en una cortina donde lloraba siempre.
            El maestro levantó la vista y miró el fuego que Alfanhuí había encendido para él. Luego continuó:
            -Algunos días después de que lo hubieran enterrado escogí yo la lámpara más bonita que pude hallar y preparé un candil con la piedra de vetas para llevarlo al camposanto.
            Mi padre dormía en una cueva, debajo de tierra, metido en una urna de cristal. Sin que nadie me viera entré allí y colgué la lámpara en la pared, a la cabecera. Luego la encendí con la que traía y miré el rostro de mi padre a la luz de la llamita blanca.
            El maestro calló y miró a Alfanhuí, sentado en el suelo junto a la chimenea. El fuego era apenas un rescoldo. El maestro se levantó de la silla y se fue a la cama. Alfanhuí se quedó pensativo junto al lar, hurgando en los tizones con una varita.
 Rafael Sánchez Ferlosio (Industrias y andanzas de Alfanhuí )

7
El fondo del alma
El día era radiante. Sobre las márgenes del río flotaba desde el amanecer una bruma sutil, argéntea, pronto bebida por el sol.
Y como el luminar iba picando más de lo justo, los expedicionarios tendieron los manteles bajo unos olmos, en cuyas ramas hicieron toldo con los abrigos de las señoras. Abriéronse las cestas, salieron a luz las provisiones, y se almorzó, ya bastante tarde, con el apetito alegre e indulgente que despiertan el aire libre, el ejercicio y el buen humor. Se hizo gasto del vinillo del país, de sidra achampañada, de licores, servidos con el café que un remero calentaba en la hornilla.
La jira se había arreglado en la tertulia de la registradora, entre exclamaciones de gozo de las señoritas y señoritos que disfrutaban con el juego de la lotería y otras igualmente inocentes inclinaciones del corazón no menos lícitas. Cada parejita de tórtolos vio en el proyecto de la excelente señora el agradable porvenir de un rato de expansión; paseo por el río, encantadores apartes entre las espesuras floridas de Penamoura. El más contento fue Cesáreo, el hijo del mayorazgo de Sanin, perdidamente enamorado de Candelita, la graciosa, la seductora sobrina del arcipreste.
Aquel era un amor, o no los hay en el mundo. No correspondido al principio, Cesáreo hizo mil extremos, al punto de enfermar seriamente: desarreglos nerviosos y gástricos, pérdida total del apetito y sueño, pasión de ánimo con vistas al suicidio. Al fin se ablandó Candelita y las relaciones se establecieron, sobre la base de que el rico mayorazgo dejaba de oponerse y consentía en la boda a plazo corto, cuando Cesáreo se licenciase en Derecho. La muchacha no tenía un céntimo, pero... ¡ya que el muchacho se empeñaba! ¡Y con un empeño tan terco, tan insensato!
-Allá él, señores... -así dijo el mayorazgo a sus tertulianos y tresillistas, otros hidalgos viejos, que sonrieron aprobando, y hasta clamando «enhorabuena», fácilmente benévolos para lo que no les «llegaba el bolsillo»... Al cabo, ellos no habían de dar biberón a lo que naciese de la unión de Cesáreo y Candelita.
-La felicidad del noviazgo la saboreó Cesáreo desatadamente. Loco estaba antes de rabia, y loco estaba ahora de júbilo; las contadas horas que no pasaba al lado de su novia las dedicaba a escribirle cartas o a componer versos de un lirismo exaltado. En el pueblo no se recordaba caso igual: son allí los amoríos plácidos, serenos, con algo de anticipada prosa casera entre las poesías del idilio. Envidiaron a Candelita las niñas casaderas, encubriendo con bromas el despecho de no ser amadas así; y cuando, al preguntarle chanceras qué hubiese sucedido si Candelita no le corresponde, contestaba Cesáreo rotundamente: «me moriría», las muchachas se mordían el labio inferior. ¡Qué tenía la tal Candelita más que las otras, vamos a ver!...
En la jira a Penamoura estuvo hasta imprudente, hasta descortés, el hijo del mayorazgo: de su proceder se murmuraba en los grupos. Todo tiene límite; era demasiada cesta. Aquellos ojos que se comían a Candelita; aquellos oídos pendientes del eco de su voz; aquellos gestos de adoración a cada movimiento suyo... francamente, no se podían aguantar. Mientras la parejita se aislaba, adelantándose castañar arriba, a pretexto de coger moras, el sayo se cortó bien cumplido; sólo el viejo capitán retirado, don Vidal, que dirigía la excursión, opinó con bondad babosa que eran «cosas naturales», y que si él se volviese a sus veinticinco, atrás se dejaría en rendimiento y transporte a Cesáreo...
Habían decidido emprender el regreso a buena hora, porque, en otoño, sin avisar se echa encima la noche; pero ¡estaba tan hermoso el pradito orlado de espadañas! ¡Si casi parecía que acababan de comer! ¡Si no habían tenido tiempo de disfrutar la hermosura del campo! Daba lástima irse... Además, tenían luna para la navegación. Fue oscureciendo insensiblemente, y con la puesta del sol coincidió una niebla, suave y ligera al pronto, como la matinal, pero que no tardó en cerrarse, ya densa y pegajosa, impidiendo ver a dos pasos los objetos. Don Vidal refunfuñó entre dientes:
-Mal pleito para embarcarse. Vararemos.
Y ello es que no había otro recurso sino regresar a la villa...
Al acercarse a la barca los expedicionarios, no parecían ni patrón ni remeros. La registradora empezó a renegar:
-¡Dadles vino a esos zánganos! ¡Bien empleado nos está si nos amanece aquí!
Por fin, al cabo de media hora de gritos y búsqueda, se presentaron sofocados y tartajosos los remerillos. Del patrón no sabían nada. Se convino en que era inútil aguardar al muy borrachín; estaría hecho un cepo en alguna cueva del monte; y el remero más mozo, en voz baja, se lo confesó a don Vidal:
-Tiene para la noche toda. No da a pie ni a pierna.
-¿Sabéis vosotros patronear? -preguntó Cesáreo, algo alarmado.
-Con la ayuda de Dios, saber sabemos -afirmaron humildemente. Se conformaron los expedicionarios, y momentos después la embarcación, a golpe de remo, se deslizaba lentamente por el río. Asía don Vidal la caña del timón y guiaba, obedeciendo las indicaciones de los prácticos.
Hacía frío, un frío sutil, pegajoso. La gente joven empezó a cantar tangos y cuplés de zarzuela. El boticario, para lucir su voz engolada, entonó después el Spirto. Las señoras se arropaban estrechamente en sus chales y manteletas, porque la húmeda niebla calaba los huesos. Cesáreo, extendiendo su ancho impermeable, cobijaba a Candelita, y confundiendo las manos a favor de la oscuridad y del espeso tul gris que los aislaba, los novios iban en perfecto embeleso.
-Nadie ha querido como yo en el mundo -susurraba el hijo del mayorazgo al oído de su amada.
-Esto no es cariño, es delirio, es enfermedad. ¡Soy tan feliz! ¡Ojalá no lleguemos nunca!
-¡Ciar, ciar, pateta! -gritó, despertándole de su éxtasis, la voz vinosa de un remero-. ¡Que vamos cara a las peñas! ¡Ciar!
Don Vidal quiso obedecer... Ya no era tiempo. La barca trepidó, crujió pavorosamente; cuantos en ella estaban, fueron lanzados unos contra otros. La frente de Cesáreo chocó con la de Candelita. En el mismo instante empezó a sepultarse la barca. El agua entraba a borbollones y a torrentes por el roto y desfondado suelo. Ayes agónicos, deprecaciones a santos y vírgenes, se perdían entre el resuello del abismo que traga su presa. Era el río allí hondo y traidor, de impetuosa corriente. Ningún expedicionario sabía nadar, y se colaban apelotados en los abrigos y chales que los protegían contra la penetrante niebla, yéndose a pique rectos como pedruscos.
Aturdido por el primer sorbo helado, Cesáreo se rehízo, braceó instintivamente, salió a la superficie, se desembarazó a duras penas del impermeable y exclamó con suprema angustia:
-¡Candela! ¡Candelita!
Del abismo negro del agua vio confusamente surgir una cara desencajada de horror, unos brazos rígidos que se agarraron a su cuello.
-¡No tengas miedo, hermosa! ¡Te salvo!
Y empezó a nadar con torpeza, a la desesperada. Sentía la corriente, rápida y furiosa, que le arrastraba, que podía más.
-Suelta... No te agarres... Échame sólo un brazo al cuello... Que nos vamos a fondo...
La respuesta fue la del miedo ciego, el movimiento del animal que se ahoga: Candelita apretó doble los brazos, paralizando todo esfuerzo, y por la mente de Cesáreo cruzó la idea: «Moriremos juntos».
El peso de su amada le hundía, efectivamente; el abrazo era mortal. Se dejó ir; el agua le envolvió. Su espinilla tropezó con una piedra picuda, cubierta de finas algas fluviales. El dolor del choque determinó una reacción del instinto; ciegamente, sin saber cómo, rechazó aquel cuerpo adherido al suyo, desanudó los brazos inertes; de una patada enérgica volvió a salir a flote, y en pocas brazadas y pernadas de sobrehumana energía arribó a la orilla fangosa, donde se afianzó, agarrándose a las ramas espesas de los salces. Miró alrededor: no comprendía. Chilló, desvariando:
-¡Candelita! Candela!
La sobrina del arcipreste no podía responder: iba río abajo, hacia el gran mar del olvido.
Emilia Pardo Bazán (Cuentos del terruño)

Bueno. Espero que hayáis disfrutado con la lectura. El ejercicio no tiene mucho que explicar y confieso que reviste su dificultad, pero sé que sabréis abordarlo. Se trata de que escribáis textos, más o menos largos, como queráis, imitando el estilo de alguno de estos autores o autoras. Todos los que queráis pero, ya sabéis, imitad sólo a un autor por texto, no hagáis gazpachos. Este ejercicio no debe extrañar. ¿No se manda acaso a los alumnos en las Escuelas de Arte que hagan algo similar visitando tal o cual museo? Ánimo, entonces. Que la labor sea fructífera.
Dado que vuestras composiciones pueden ser más o menos largas, esta vez también se pondrán en forma de comentarios a este post. Precedidos por el número del texto que imitáis y firmados por vuestro @nombre.

La actividad se desarrollará desde el 8 al 12 de abril.

4.05.2013

MENSAJES VERTICALES


He aquí los cinco acrósticos seleccionados esta semana. Hemos elegido cinco porque así son las reglas. Pero os aseguro que la creatividad y la inspiración han rodado a raudales. Enhorabuena a los cinco elegidos y también a todos y todas las demás. Gracias por su entusiasmo.

Vicente Javier Varas Bucio.

Muerto el sol, queda el silenciO.
Inicio de la noche y frenesÍ.
Sahumerios y perfume desde el maR,
Taciturno y burbujeantE.
Elevo mis plegarias al ceniT,
Rezos perdidoS,
Inútiles palabras para tI.
Océano y soledad serán mi réquieM.

"MISTERIO"
VIcente Javier Varas Bucio. /@elchen00


Nahir Subelzú

Te dejé recostada junto al mar
Invisible corazón lleno de estrellas
Estrenando amaneceres enjoyados
Retumbando tamboriles tus veredas.
Rumbo al norte me llevaron mis zapatos
A otra orilla, ignoto cielo, nuevas sendas,
Mas tu aroma se ha prendido a mis cabellos,
Incrustada entre mis ojos tu ribera,
Acurrucada en mi almohada, siempre paciente, me esperas…

Tierra mía - de @VersosYquimeras

@Protoplasto

Homenaje a Mario Benedetti

“Usted aprende
y usa lo aprendido
para volverse lentamente sabio
para saber al fin que el mundo es esto
en su mejor momento una nostalgia
en su peor momento un desamparo
y siempre siempre un lío”.

Nostalgia

Naufragan nuestros días:
olas que mueren una tras otra en una playa.
Solos, evocamos nuestro pasado,
tenemos aire entre las manos,
alamedas deshojadas por donde paseamos,
lunas que crecen y que menguan.
Gira todo, todo cambia,
irisadas nubes, nubes negras y blancas.
Allá, a lo lejos, está todo.

Desamparo

Desolados, a veces,
en la hostil avenida de la vida,
solos aunque cientos pasen a nuestro lado,
angustiados por las noches,
miramos lejanos horizontes
por la gris ventana del presente.
Así, nos deja el desamparo,
rotos, así nos deja la desgracia.
Oscuros como agujero negro o boca de lobo.

Lío

Locos que nos creemos cuerdos.
Ignorantes que nos creemos sabios.
Obscenos que nos creemos puros. Así somos.

SiberiaAzul

En brazos del Universo sueño,
teniendo como abrigo al tiempo,
el que no tiene medida visible ni
razón humana, sí natural;
no sueño cerrando los ojos sino
ilustrando el camino y mi destino,
devolviendo al Universo lo que soy,
alimentando el espíritu de amor,
dispersando en la infinitud el corazón.

@SiberiaAzul

Juana Mª Igarreta
Para
renovar
ilusiones
marchitas,
apúntate a
vivir
este
regalo
apasionadamente.

PRIMAVERA
@juanaigarreta

3.31.2013

ACRÓSTICOS


La actividad de esta semana (1 al 5 de abril) estará dedicada a los acrósticos. Hay muchos tipos de acrósticos. Pero nosotros nos centraremos en los más elementales, dando además opción a que conformen un pequeño poema o no. Veamos, las iniciales de cada línea (o verso) deben ser tales que leídas verticalmente sean el nombre de aquello de lo que se está hablando: nuestro propio nombre o el de otra persona, famosa o no. O el nombre común de un animal, un objeto, un vegetal, incluso un concepto metafísico, como DIOS o ÁNGEL. Incluso una frase completa que resuma el contenido del texto. Aquí van dos ejemplos. En el primero, se puede leer verticalmente, a lo largo de las primeras letras de cada verso: ISABEL DE BORBÓN. En el segundo, una petición de matrimonio.

Ira del cielo, amor, fueron tus tiros:
Sobre el que adora un imposible objeto:
Arde y su fuego, que ocultó el respeto,
Bramando exhala en rápidos suspiros.
En vano ablandan bronces y porfiros
Lágrimas de dolor. ¡Cruel Aleto!
Dura suerte! No muda un solo afeto,
En tanto el hombre cambia en raudos giros.
Bárbaro amor, concede una esperanza,
O que á olvidar me mueva su desprecio:
Rompe, sino, los lazos de la vida:
Baste ya lo sufrido á tu venganza
Oh! no escuches, amor, ni ruego necio:
No: ingrata sea: nunca aborrecida.
Patricio de la Escora

Si solo amarnos hicimos, lo tienen por delito,
te juro que no me rindo, unidos por un destino,
esperemos ese momento, que llegara su tiempo,
fuertes aguantaremos, que solo son cuatro inviernos,
y al fin ver el triunfo, juro que sera eterno.
Aullo mientras cada luna
guardando desconsuelo
un millar y medio yo tengo
amanece y no hay luna
noches hay con lamento
tener noches sin ayuda
a la espera de mi luna.
Que por ti es que vivo
únicamente por ti
intento yo no llorar
esperándote hallar
risueña mi amada
otra primavera más.
Cuento los días que aun nos faltan
a espera que pase el invierno
se que duele nuestra espera
a que pasen cuatro inviernos
recuerda en cada mañana
mi prometida eres amada
eres quien falta en nuestra casa.
Crece mientras tanto bajo el frío del invierno
otra primavera que recordaremos
no olvides que solo serán cuatro
te digo que los superaremos
imagina la vida que después será
gozando nosotros de la primavera
olvida el invierno, la primavera eterna por siempre.
Jesús Hernández Gormaz

Por supuesto, nuestros acrósticos no tienen que ser tan largos. Ni rimados. Ni siquiera poemas. Podrían ser sólo acrósticos de siete líneas o menos o más. Eso queda a vuestra elección. Por ejemplo:

Cuadrúpedo
Alazán
Babieca
Altivo.
Las crines que cuelgan de tu cuello
Lucen rojas bajo los reflejos de
Oriente

Para que podáis extenderos lo que queráis, se colocarán aquí en el blog en forma de comentarios a este post. Y no olvidéis firmar con vuestro @nombre.

Félix Morales Prado



3.29.2013

CINCO TESIS PARA CINCO HIPÓTESIS


[1] Cansado de mirar el cielo el poeta se resignó, ya no podría plasmar sus versos, pues esa era una noche nublada. #TallerLiterario

[2] El terrible y gigantesco monstruo que es el ratón, aterrorizaría granjas enteras de elefantes. #TallerLiterario

[3] Aunque los niños naciesen con alas, todo sería igual que ahora. Porque solo al enamorarse serían capaces de volar. #TallerLiterario

[4] El Hidalgo sería cordura y el escudero locura, de cómo un Caballero siguió a su gregario ya hablaríamos. #TallerLiterario

[5] El catolicismo, una de las religiones más brutales del mundo por practicar el rito de bautizar en agua a infantes. #tallerliterario
http://www.youtube.com/watch?v=mOUcFvOfibQ

3.25.2013

Charla con Félix Morales Prado

Daviz Melero, editor de El Tipómetro 2.0, se reunió en días pasados con Félix Morales Prado para conocer su punto de vista sobre la literatura y la juventud, la crisis actual de la literatura, el libro en papel vs. el libro electrónico y varios temas más, sin dejar de hablar de twitter y la literatura: 


Daviz: Me consta que conoces Twitter y mantienes tu cuenta activa. ¿Crees que se puede hacer literatura en 140 caracteres?
Félix: De hecho nosotros lo hacemos en la cuenta de El fantasma de la glorieta. Organizamos actividades que se pueden meter en un tuit. Por ejemplo, utilizamos aforismos o frases cortas de Jardiel Poncela y Ramón Gómez de la Serna, y retamos a nuestros seguidores q que escriban en un tuit algo similar.


Aquí les dejamos el link para quienes deseen leer la entrevista completa. Y, desde luego, si gustan dejar sus opiniones ahí, será muy enriquecedor conocerlas:





Yuli Castro 

3.24.2013

LA HIPÓTESIS FANTÁSTICA




Trabajaremos esta semana con el posible arranque de la trama de un relato.

El desarrollo de una hipótesis da siempre lugar a una historia. Si la hipótesis es lógica surgirá una historia lógica y probablemente aburrida, aunque no necesariamente. Pero si planteamos una hipótesis fantástica, salta una chispa que pone a volar nuestra imaginación y de ahí pueden surgir miles de historias interesantes. De cómo plantear una hipótesis fantástica, nos da norte Gianni Rodari en su libro ya clásico “Gramática de la fantasía”. Se eligen, al azar, en algún libro por ejemplo, un sujeto en una página y un predicado en otra diferente. Y así podemos obtener hipótesis fantásticas como:

[1] ¿Qué pasaría si las estrellas se volviesen de papel?
[2] ¿Qué pasaría si los elefantes fuesen del tamaño de las hormigas?
[3] ¿Qué pasaría si los niños comenzasen a nacer con alas?
[4] ¿Qué pasaría si Don Quijote se convirtiera en Sancho Panza?
[5] ¿Qué pasaría si las aguas de todo el mundo comenzaran a dar descargas eléctricas?

La actividad de esta semana (25-29 marzo) consiste en responder, en un tuit, a alguno de los ejemplos de hipótesis fantásticas planteados. Todos los que queráis pero contestando únicamente una pregunta a la vez. Es decir, podéis escribir cinco diferentes tuits sobre la hipótesis [1], cuatro sobre la [2] o uno sobre la [5]. Pero nunca mezclarlos.

La forma de redactar será la siguiente:

[Número de hipótesis] + Respuesta fantástica + #TallerLiterario  


Félix Morales Prado